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miércoles, 24 de octubre de 2007

“Abajo la revolución ¡Viva lo comercial!”

En este blog hemos discutido sobre el impacto de los flujos migratorios, sobre las políticas de inmigración y sobre todas las arandelas teóricas que rodean el tema. Hipótesis por acá, teorías por allá, cerebros en fuga, estadísticas, gráficas y muchas palabras con raíces griegas. La discusión se ha centrado en las grandes luchas de los sufridos inmigrantes y las políticas opresivas del primer mundo. Paradójicamente, cuando uno es inmigrante de maleta al hombro, estas disquisiciones lo tienen sin cuidado.

En el plano práctico, sólo importan tres cosas: conseguir papeles, conseguir trabajo y encontrar un locutorio barato para hablar con los parientes en Colombia. Se hace lo que se puede –trapear, vender, hacer arepas- y, mientras tanto, casi sin darse cuenta, el cerebro empieza a llevar una doble contabilidad: esa avenida es igualita a la séptima, esa cuadra se parece cedritos, esa piscina como me recuerda Melgar. El lóbulo derecho se queda en la patria y el izquierdo en la nueva tierra. Esta dicotomía puede llevarnos a un cuadro psiquiátrico o, lo más probable, al abuso de la muletilla “es que en mi país…”

Esta nostalgia por la tierrita se paliaba en otros tiempos escribiendo poemas desgarrados en cartas perfumadas. Ahora basta con ir a una tienda de inmigrantes, comprarse un par de Águilas, unas arepas congeladas y sentarse a ver TV Colombia o videoconferenciar con la familia a través del VoIp. Ahora la nostalgia tiene un precio, la patria con todos sus recuerdos está a unos dólares de distancia.

Los expertos en mercadeo, que no tienen ni un pelo de tontos, han empezado a invertir fuerte para aprovechar estos nichos de inmigrantes desarraigados que están dispuestos a gastar cuatro veces lo que cuesta un producto local con tal de que le recuerde su patria. En el documento “Hispanic marketing insights inspired by Latin American and US popular literature” sus autores dan algunas pautas sobre como mercadearle a los hispanos, muchos de ellos, recién desempacados. Algunas son un tanto clichesudas, como aprovechar la relación del latino con la Fiesta, otras apuntan a la importancia de usar la comida como canal de comunicación del latino con su tierrita o a explotar la “especial” relación entre los padres latinos y los hijos y las madres latinas con las hijas.

Independientemente de lo risible de muchas de las recomendaciones, la realidad es que el mercado y el “salvaje” capitalismo han colaborado, como una mano invisible, a cerrar la brecha entre el corazoncito que se deja en el país de origen y el resto del cuerpo que está en cualquier otra parte.

Lo raro es que estos pequeños cambios, como encontrar arepas en Barcelona o ver comerciales de TV con gente parecida a uno en el otro lado del planeta, están suavizando la distancia y haciendo el día a día del inmigrante un poco más agradable.

El título del Post es tomado de “Stavans, Ilan (1995). The Hispanic Condition. Harper Collins: New York”. Citado en el artículo del marketing para latinos.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Harry Potter contra los malvados primermundistas


La causa de los inmigrantes es una de esas causas bonitas que atrae a muchos defensores dispuestos a usar su pluma para defenderla. Es lógico, los inmigrantes son personas valientes que se han jugado su pellejo y su fortuna para tener una vida mejor. Son héroes en el sentido más clásico del término.

Es bonito defender a las ballenas jorobadas, a los inmigrantes, al loro orejiamarillo y a los palestinos que le tiran piedras a los tanques israelíes. Causas justas que le hinchan el pecho al joven (y no tan joven) que alza su pluma para atacar al monstruo de las mil cabezas, llámese como se llame. Para algunos el mal lo encarna el Imperio, para otros, las transnacionales. En el caso de los defensores de los inmigrantes, el malvado lo interpreta el "primer mundo".

Un primer mundo que podría materializarse en un vampiro. Un murciélago fibroso que le chupa la sangre y los sueños a nuestro héroe y después le cierra la puerta en la cara. Un maldito vampiro islamofóbico, homofóbico, xenofóbico, y para colmo, capitalista. Y no cualquier capitalista, capitalista salvaje. Claro, es un vampiro, ni modo que fuera socialista.

Nuestro pequeño Harry Potter ve todo en blanco y negro: el primer mundo es malo y los inmigrantes son pobres víctimas. Lamentablemente, para los harry potters del mundo, este sitio es enredado y gris. Ni los inmigrantes son heroes que tienen siempre la razón, ni el vampiro es un chupasangre desalmado.

Exagero. Los Harry Potters no son unos incrédulos que piensen en los inmigrantes y su causa como algo intrínsecamente bueno. Son personas, como uno, como yo. Tienen un sistema de valores y dentro de este sistema -o ideología- defender al inmigrante (loro orejiamarillo, ballena jorobada) es muy valioso, tan valioso que vale la pena saltarse la evidencia empírica que refuta la "benevolencia" de nuestro héroe.

Pero a todo Harry Potter le llega su Lord Voldemort. En este caso, Lord Voldemort es representado por George J. Borjas, un inmigrante cubano experto y recontraexperto en temas migratorios que no se le mueve el corazoncito con las imagenes de los inmigrantes deportados.

Es que en este cuento de los inmigrantes, las variables son múltiples y, como en casi todo, unos ganan y otros pierden. Ganan los empresarios que pueden contratar mano de obra barata, pierden los locales menos calificados que tienen que trabajar por menos o irse de vacaciones. Ganan los Harry Potter para los cuales la multiculturalidad es un valor en si mismo y pierden los locales que tienen que soportar la multiculturalidad de los otros. Y se olvidan de otras cositas extra-económicas como el racismo que se genera con millones y millones de extranjeros "multiculturales" llegando al país.

Por último, un fenómeno extraño que se presenta cuando el corazoncillo se entromete mucho en estos asuntos es la posición frente a los "cerebros fugados". Resulta que es malo que el primer mundo se robe nuestros cerebros, pero escribimos y presionamos para "relajar" los controles migratorios. ¿Cómo así? Queremos que dejen de joder en las aduanas pero nos quejamos cuando los que pueden irse y quieren irse se van a trabajar a un sitio en donde el salario es mejor.

jueves, 5 de julio de 2007

Sinar y el Polo

Hace como tres posts escribí una respuesta a un artículo publicado por Sinar Alvarado en Soho. Palabras más, palabras menos, decía que Alvarado había caido en el típico cliché de los intelectuales "críticos" de exagerar los males de Colombia y minimizar o anular los aspectos positivos. Un poco en la onda de construir una leyenda negra sobre el país y seguirle los pasos a Fernando Vallejo.

Googliando me encontré con que el mentado artículo ha sido reproducido a todo color, y supongo que sin permiso de la revista, en la página del POLO DEMOCRÁTICO. ¿Por qué a la izquierda le gusta tanto que se raje de Colombia?

jueves, 31 de mayo de 2007

La Bogotá de los extranjeros

"En principio, a todo extranjero se le considera bien venido a Colombia y, en tanto que respete las leyes y no se inmiscuya en los asuntos internos del país, es objeto de excelente acogida y de toda clase de consideraciones". Escribe en su diario Ernst Rothisberger, un suizo que llegó a Colombia hace más de cien años. Hoy, como hace un siglo, los extranjeros que visitan o viven en Bogotá siguen escribiendo sobre la ciudad y su gente. En cien o más años algunas percepciones sobre la ciudad han cambiado, otras, no tanto.

Según Isaac Holton, quien visitó la ciudad en 1850, "La primera (impresión al visitar Bogotá) la siente la planta de los pies y no es nada agradable. Uno tiene la sensación de que Bogotá lo está tratando como a una bestia de carga, obligándolo a competir con las recuas de mulas por los andenes empedrados". El resto de la crónica de Mr Holton viene en la misma tónica, Bogotá es una ciudad fria y sucia en donde la gente vive metida en sus casas y tiene un carácter taciturno con chispas de humor. Sobre este tema, escribe hoy, en el siglo XXI, el autor del blog "marginal revolution":Dark clothes, especially black, are the default style, but not in a Will Wilkinson cool hipster sort of way. Rather the message is "it rains here a lot and it is cool and foggy and we have endured centuries of violence, so why wear floral pink?" The bowler hat, however, is now passe. Pero las cosas no siempre fueron así, un visitante sueco de principios de Siglo XIX se horrorizaba por el colorido guacamayesco de los militares bogotanos: "Sin desear polemizar, considero que los referidos trajes están recargados de costuras, colores y adornos policromos, para lo cual hacen resaltar demasiado el oro, la plata, las medallas, los botones, etc., en una mezcla tan brillante como ridícula, a lo cual se agregan sus gorros y sombreros de tres puntas con penachos y plumas de excesivo colorido. Nunca vi a estos personajes sin pensar si esta manía de vestirse tan multicolor y brillante pudiera ser considerada como una de las consecuencias del trópico, lugar en donde se manifiesta esta variedad en los animales y las personas. "

Otros cronistas decimonónicos escriben sobre las virtudes del bogotano, o mejor, del cachaco. Según Miguel Cané "Lo que los españoles y nosotros llamamos calavera, se llama cachaco en Bogotá. El cachaco es el calavera de buen tono, alegre, decidor, con entusiasmo comunicativo, capaz de hacer bailar una ronda infernal á diez esfinges egipcias, organizador de las cuadrillas de á caballo en la plaza, el día nacional, dispuesto á hacer trepar su caballo á un balcón para alcanzar una sonrisa, jugador de altura, dejando hasta el último peso en una mesa de juego, a propósito de una rifa, pronto á tomarse á tiros con el que lo busque, bravo hasta la temeridad y que concluye generalmente, después de uno ó dos viajes á Europa, desencantado de la vida, en alguna hacienda de la Sabana, de donde sólo hace raras apariciones en Bogotá. El cachaco es el tipo simpático, popular, bien nacido (como en todas las repúblicas, hay allí mucha preocupación de casta), con su ligero tinte de soberbia, mano y corazón abiertos. Pero el cachaco se va; yá los de la generación actual reconocen estar muy lejos de la cachaquería clásica del tiempo de sus padres, pero se consuelan pensando que las generaciones que vienen tras ellos valen mucho menos."

Y bueno, el cachaco desapareció, pero su aura persiste en el imaginario de los extranjeros que en la actualidad nos visitan: "Sí, es el bogotano un ciudadano cortés. Excesivamente cortés; por lo menos para mi gusto. Y mi malestar nace de la impostura que se esconde detrás de esas “finas maneras”. Hay mucho de pose, de modales premeditados en el perfil de esta gente. Uno agradece los gestos y las atenciones, pero en el fondo sabe que el “cachaco” no lo hace de corazón. Basta con ver lo repetitivos y automáticos que se vuelven cuando lanzan estas flores verbales". -Afirma el periodista venezolano Sinar Alvarado en una página perdida de la web

martes, 8 de mayo de 2007

La politica de extranjeria en Colombia: Mirando la viga en nuestro ojo

Cientos de inmigrantes colombianos, desde Los Ángeles hasta Chicago, exigen a gritos sus derechos. “Si-se-puede, si-se-puede” exclaman mientras agitan banderas colombianas y norteamericanas. Piden que se les reconozcan sus derechos, y le rezan a Dios para que puedan vivir y trabajar tranquilos en Estados Unidos.

Mientras tanto en Colombia, periodistas, columnistas y activistas se rasgan las vestiduras por el trato indignante que reciben sus compatriotas, equiparan a las autoridades de migración con la policía asesina de régimen nazi y no se miran el ombligo. Nunca se han preguntado por la política migratoria colombiana y el trato que su propio gobierno le ha dado, y le sigue dando, a los extranjeros que han querido asentarse en esta tierra.

Hace más de cincuenta años, el Canciller Luis López de Mesa emitió una circular prohibiendo a las embajadas de Colombia que visaran judíos. Judíos que eran perseguidos, no por la MIGRA sino por la GESTAPO, y que no los buscaban para devolverlos a sus países de origen, sino para asesinarlos en los campos de exterminio.

Hoy las cosas han mejorado, ya no se prohíbe expresamente el visado de hebreos o de otro tipo de personas, ni se exigen requisitos imposibles de cumplir para los inmigrantes potenciales (salvo quizás, saberse el nombre de los dos picos más altos de la geografía nacional). Sin embargo, las disposiciones legales que se usan actualmente se asemejan más a las de los países abrumados por los flujos migratorios, que a los de un país que podría beneficiarse con la migración permanente de extranjeros.

Para empezar, la legislación colombiana es un tanto tramposa. La Constitución afirma de manera pomposa que podrán adoptar la nacionalidad colombiana los extranjeros domiciliados en el país, conforme a la ley. La citada Ley fija un máximo de 5 años de domicilio en el país para acceder a la nacionalidad. La pequeña trampa, como el diablo, está en los detalles. A diferencia de la gran mayoría de países, los inmigrantes permanentes en Colombia, como puede ser alguien con visa de trabajo o cónyuge de colombiano, no son residentes ni están domiciliados en el país, simplemente tienen una visa “temporal”. El domicilio se cuenta desde que se obtiene la visa de residente, y para obtener esta visa se debe portar y vivir en el país con un visado temporal (por lo menos cinco años para la mayoría de los casos).

En consecuencia, para que un norteamericano que se encuentre trabajando en Colombia legalmente, pueda optar por la nacionalidad colombiana, debe trabajar legalmente en el país por cinco años con visa temporal, luego solicitar la visa de residente, continuar viviendo otros cinco años más y, en este caso, acreditar el conocimiento de la lengua castellana, de elementos básicos de la Constitución Política de Colombia, de historia patria y de geografía de Colombia. Pero ojo, según el parágrafo 3 del artículo 9 de la citada Ley, “Los exámenes de conocimiento no podrán hacerse con preguntas de selección múltiple”.

Por último, una vez que el extranjero haya certificado sus conocimientos patrios, vivido en Colombia por más de diez años, elevado escrito respetuoso al Ministerio de Relaciones Internacionales solicitando la nacionalidad, y pagado todas las traducciones, legalizaciones y demás tasas, “El otorgamiento de la nacionalidad colombiana es un acto discrecional y soberano del Estado Colombiano, en consecuencia así el extranjero cumpla con el lleno de los requisitos no se está en la obligación de otorgar la nacionalidad colombiana por adopción”. Mejor dicho, después de todo el papeleo, el tiempo y la plata, el gobierno colombiano puede negar la nacionalidad porque se le da la gana.

Además, puede no sólo negársela a quien cumple todos los requisitos, también puede otorgársela a quien quiera, sin necesidad de que esa persona cumpla el mínimo de los requisitos. Es por eso que son colombianos por adopción y sin examen de admisión: Piero, Jaime de Polanco, Kendon Macdonald, la Reina Nor de Jordania y el goleador Sergio Galván, entre otros.

Aun cuando las comparaciones son odiosas, basta decir que en España, por ejemplo, un colombiano con estatus de trabajador legal puede obtener la nacionalidad después de haber completado dos años con ese estatus, en EE.UU después de cinco años y en Argentina, después de dos. En todos estos países no existe el limbo de las visas temporales por cinco años (ni las naturalizaciones discrecionales), y en algunos países similares a Colombia, como Chile o Argentina, no se exigen tantos requisitos y el tiempo de espera es bastante menor.

La pregunta obvia es ¿Por qué Colombia tiene esa política? Sinceramente no sé, el país no tiene la necesidad de frenar una oleada de extranjeros, como EE.UU., Francia o Italia, ni es un régimen retrogrado y chauvinista como Irán. El sistema de protección social no va a colapsar por nacionalizar un puñado de gente que quiere tener el pasaporte vinotinto, ni los trabajadores ven amenazados sus puestos de trabajo. Tal vez sería bueno mirar la viga en nuestro ojo en vez de la paja en el ojo ajeno.