viernes, 18 de mayo de 2007

Chicherías, bombas y machetes

Para algunos conservadores el Bogotazo fue parte de la conspiración mundial judeo-masónica, para otros, una estratagema planeada directamente en los escritorios del Kremlin. Para los liberales, un golpe de La Falange criolla al cuello del pueblo o un intento por limitar el número de opositores. Para los seguidores de Corín Tellado, un lío de faldas con final trágico; para los chavistas, un “crimen ordenado en 1948 por el imperio norteamericano en conchupancia con la oligarquía colombiana” (1). Para mí, una borrachera colectiva con bombas y machetes.

Borrachera colectiva. Hasta 1948 los habitantes de la sabana de Bogotá tomaron chicha hasta -literalmente- embrutecerse. Todas las reuniones sociales de las clases populares estuvieron mediadas por este fermento de maíz endulzado y era frecuente que se realizaran en una chichería, con “por lo menos dos excusados y un orinal inodoros provistos de agua corriente para el servicio del público”, “escupideras o vasijas esmaltadas con una solución antiséptica” y “papeles o aparatos especiales para coger las moscas” (Acuerdo 15 de 1922). En esas reuniones se hablaba de jefes, mujeres, sermones y políticos. Estas últimas discusiones se ganaban en la calle y a cuchillo. Los vecinos, cansados de levantar liberales degollados en la acera o de limpiar los orines de los conservadores en sus paredes, decidieron apoyar las campañas de “La chicha engendra el crimen”, “La Chicha embrutece y las cárceles se llenan de gentes que toman chicha”. Pero ya era demasiado tarde, era viernes, 9 de abril, y la chicha fluía de los barriles y pipas de la masatería -provistas de tapas que impiden el acceso de las moscas-, a las totumas de los visitantes usuales.

Bombas. La revista Time en 1948 afirmaba que Bogotá después del 9 de abril se parecía más a una ciudad víctima de un blitz alemán que a la cuna de una revolución. Después de la noticia del asesinato de Gaitán, los embriagados visitantes de las chicherías salieron a vengar la muerte del ídolo alentados por los responsables radio operadores de la época: “el pueblo se levanta grandioso e incontenible para vengar a su jefe. Pueblo a la carga. A las armas” y terminaron esquivando bombas, quemando iglesias y rompiendo vitrinas. Toda una fiesta.

Machetes. Algunas de estas vitrinas rotas, además de sombreros, paraguas y chocolates, contenían productos de ferretería, y en especial, rulas y machetes; herramientas que se suelen usar para segar la maleza tropical o para cortar caña, pero que en este caso sirvieron para otros fines menos agrícolas. Así, el bravo pueblo armado de rulas y machetes continuó su parranda mezclando la chicha con el whisky de las vitrinas rotas, hasta que se aguó la fiesta. Un aguacero de los que son usuales en las tardes y noches bogotanas aburrió a los enfiestados y apagó los incendios. Pueblo a la casa. A las camas.

Esa borrachera monumental no solo dividió al país, inicio el periodo de “La Violencia”, apagó la posibilidad de un cambio democrático y destruyó la ciudad. Esa borrachera muisca mató a la Chicha y la cambió por la cerveza. Los desmanes adolescentes de esa tarde, sirvieron para justificar la patada final a la grumosa bebida y a sus lugares de expendio. A finales de 1948 el gobierno expidió un decreto prohibiendo la chicha y el Congreso ratificó esa posición por medio de una ley expedida un tiempo después.